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Llueven lunas, y se quedan las estrellas huérfanas en el firmamento para encender la noche sobre la tierra. Espejos que andan dispersos por las esquinas, reflejos que te miran, se giran y echan andar para nunca regresar; sombras que se encienden: Llueven lunas y brilla, la tierra, en sus charcos de luz y aceite.Y la tierra se vuelve cielo, y las estrellas se ahogan en el mar, y el océano brilla, chisporroteante, repleto de luceros, peces, algas y lunas.Ahí están todos los barcos hundidos, y la Atlántida, y todos los naufragios de cuanto estuvo vivo, hace un siglo o un año, o solamente, solamente un segundo. Ese instante muerto, pétreo, diente de coral, que me araña y abre una brecha en mi pensamiento, mientras buceo empapado de sueño y tiempo, camino de la sierra, el desierto y la orilla, que finalmente alcanzo sangrando y exhausto para ver, de nuevo, el baile y el fuego.Llueven lunas, y la tierra se vuelve cielo, y las estrellas se ahogan en el mar, y mi corazón brilla, repleto de peces, algas, ¿luceros?, y lunas.